Hace tiempo que dejé de tener secretos sobre mí misma. ¿Para qué tenerlos? creo firmemente que quien tiene un secreto tiene un problema. Es más, creo que nuestros propios secretos son, o bien traumas y conceptos de las que nos avergonzamos, o una simple manera de despertar curiosidad en los demás mediante la ocultación.

Así pues, al final un secreto se acaba reduciendo a algún tipo de carencia, trauma o problema.

Por eso creo que una muy buena manera de empezar a liberarse es contar secretos. Una vez se comparten, uno se da cuenta de que son nimiedades que has distorsionado en tu cabeza.

Otra cosa son los secretos que tratan sobre acontecimientos que no se deben de saber, pero no es esto a lo que quiero referirme en este momento.

El problema de contar secretos, es que no siempre uno recibe una respuesta acogedora. Y a veces incluso se puede llegar a intimidar al otro, puesto que es una especie de presión hacia él en el sentido de obligarle a compartir algo suyo también.

Ahora mismo tengo varios pensamientos que no cuento y de los que no hablo. Y necesito sinceramente liberarme y hablar de ello. Sólo de pensar en tener que explotar en algún momento, mis dedos se bloquean y me cuesta escribir y relatar lo que pasa por mi cabeza. Siento como si mis músculos se cristalizaran y mi sistema nervioso decidiera quedarse dormido. Mi cerebro se evade y se pone a pensar en salir a tomar algo a una terraza, que hace calorcito, y dejar a un lado mis preocupaciones.

Y el problema es que callarse algo es como un tumor que va contagiando todas las células a su alrededor. Es iniciar una degeneración innecesaria alrededor de un concepto. Por callarse, por no hablar y por pensar que lo que vas a contar va a tener unas consecuencias peores aún que las de callarse.

No quiero que vuelvan a pasar cuatro años y darme cuenta de que, entre otras cosas, por callarme, estoy arrepintiendome del tiempo perdido.